Ideas

Por zam gtz. Hace 7 meses En storytelling.

Ese piano no iba a poder más que yo.

Me encontraba listo para enfrentarlo solo porque se lo había prometido a Vera, la organizadora del concierto de solo 17 años que no se dio cuenta que el piano sonaba a insultos en sus extremos y en la mayoría de sus bemoles. Era un piano que apenas servía para ensayar por lo pegajoso de sus teclas y su tamaño de juguete. Un piano cuya desafinación era el colmo de su desgracia, la cereza del pastel que nadie se quiere comer.

Recuerdo que al terminar de probarlo me fui al auto apresurado aún más por la fastidiosa lluvia y justo cuando estaba por completar la huída Vera me abordó entre lágrimas, rogándome que diera el concierto a pesar de todo: “Por favor Keith, toque, los del teatro me dijeron que iban a traer un piano bueno”.

La gira por Europa me tenía exhausto y ese día en particular ni siquiera había comido, por eso quedé como hipnotizado por la repetida imagen de Vera tratando inútilmente de secarse las lágrimas y la lluvia al mismo tiempo. Era como un ciclo del cual no estaba dispuesta a escapar y la constante agua en su rostro no menguaba su insistencia. Me dijo mil veces que vendió todos los boletos y que había intentado hasta lo imposible para conseguir el piano que yo quería. Era necia como las redundantes gotas en su cara. No pensaba desistir de convencerme para tocar el concierto a pesar del maldito piano y así exponerme a un ridículo monumental que mancharía mi carrera. Una mancha que también evidenciaría su inexperiencia.

Pero algo en la escena me hizo ponerme en sus zapatos. Era su terquedad. La misma terquedad que tengo para que la música se ejecute como se debe. En su voz reconocí la contundencia de alguien que agota todos los recursos para lograr su cometido. Distinguí la persistencia que yo mismo mostré de niño en cada ensayo con un piano que apenas alcanzaba a patear. Veía a Vera tan determinada que entendí que cuando hay que pedir ayuda se necesita apelar a todo para revertir la apatía. Me cimbró la voz de alguien que clama tan fuerte como si de eso dependiera la vida de quienes la escuchan. Vi en su terquedad una mayor a la mía. Vi un orgullo más fuerte que el mío. Y me contagiaba. Me contagiaba su energía y la determinación de sus palabras y me contagiaba también verla cuando le cambiaba el semblante al saber que lo estaba logrando.

Y eventualmente me convenció. Finalmente terminó de contagiarme.

“Nunca olvides que lo voy a hacer solo por ti” — le dije a Vera mientras pensaba en lo que me estaba metiendo.

Y ahí estaba, sentado frente al público, sin una sola partitura y con el desafío de convertir mi frustración y mis malditas dudas en éxito. Cerré los ojos e incliné la cabeza esperando que la música emergiera del silencio. Pero no esperándola como si fuera algo mágico que llega de repente como una epifanía. No. La esperé ordenándole que apareciera. La imaginaba con tantos detalles que te juro que la escuchaba, tan real como cada ensayo que me preparó para ese momento. Estaba determinado a que la música fuera perfecta porque si me iba a arriesgar al infierno sería solo por la gloria.

Y ahí estaba yo, finalmente tocando el inaugural y tan esperado acorde que silenció mis inseguridades de una vez y para siempre. Entendí las limitantes y las cualidades del piano para obligarlo a lograr la música que esperaba. Me explayé en un rango de notas compacto, siempre en el centro del piano para evitar que las notas de los extremos dañaran la impecable armonía del concierto. Toqué lo más fuerte posible para que el teatro entero y los 1400 asistentes vibraran y nadie se escapara del sonido de la perfección, vertí toda mi energía para que todos se contagiaran de la misma.

Así se hace historia.

La improvisación que grabé en vivo el 24 de enero de 1975 en la ciudad alemana de Colonia, se convirtió en el álbum de un pianista solo más vendido en toda la historia de la música y uno de los más aclamados en el mundo del jazz.

Cuando lo escuches, quiero que tú también te contagies de esa energía. Esa que te va a ayudar a crear relatos memorables, como lo que estarás escuchando. Pero entiende bien que para lograrlo no solo debes estar convencido, debes ser terco, debes ser obstinado, necio, testarudo, empecinado… Debes estar dispuesto a arriesgarte a ser un fiasco, a que la gente se burle de lo horrible que suena el piano y de lo inescrutable de tus fallidos intentos. Debes ser aguerrido y entregarlo todo.

Si buscas la perfección asegúrate de contagiar a muchos y que nadie se pierda el espectáculo de alguien que está haciendo historia mientras vence sus dudas y adversidades.

* Keith Jarrett es uno de los pianistas mas reconocidos en la historia del jazz. El álbum del Concierto de Colonia se ha vendido más de 3,500,000 veces. 

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